El 4 de septiembre de 1997, era jueves y Cuba amaneció con la misma tranquilidad de siempre. Nada parecía augurar que, por las calles de La Habana, la tragedia que avanzaba escondida en la mochila de un mercenario con disfraz de turista.
En el Hotel Copacabana, tres muchachos italianos, amigos desde la infancia, se decían hasta pronto. Enrico Gallo y Francesca Argeli, enamorados y felices, se despedían de Fabio Di Celmo. Italia sería el lugar de su próximo encuentro. Poco después del mediodía, en un segundo, se rompieron los planes. Estalló la bomba que el salvadoreño Ernesto Cruz León, colocara en unos de los ceniceros del lobby bar. Y, junto a la explosión, la muerte.
Las ruidosas sirenas de los autos policiales interrumpieron la placidez y el silencio de las calles del barrio de Miramar. Aullantes ambulancias corrían raudas por la Quinta Avenida hacia la Clínica Central "Cira García" en busca de auxilio para los lesionados.
Al llegar a la clínica, Fabio había dejado de existir. Giustino Di Celmo no podía creerlo. Fabio, el más pequeño de sus hijos, estaba muerto.